Ruta 66, April 1996

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Ruta 66

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Un dulce toque de amargura


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   David S. Mordoh

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Nos ocupamos de él en uno de los primeros números, hace ya una década, pero su trayectoria desde entonces nos ha deparado varias obras maestras reconocidas y otros tantos sutiles cambios de táctica. Elvis Costello es ya uno de los grandes del pop y el rock británicos de todos los tiempos. Un talento que nada ni nadie ha logrado erosionar o doblegar.

Hace diez años, cuando escribir sobre Elvis Costello era aún más placer que ahora, se publicó un repaso a su carrera en estas mismas páginas (Ruta 8), abarcando hasta el álbum «King Of America». Este número de la revista está agotado y posiblemente se cotice a nivel coleccionista. Algunas -más bien muchas- grabaciones de Costello también, como el single «Good year for the roses» con portada, las copias de «Blood & Chocolate» en cassette tipo chocolatina o el promocional «Live At El Mocambo» a 78 rpm. Y es que esta -en su tiempo- grotesca parodia de estrella de rock se encontró de pronto en medio del torbellino de 1977 propulsado por el punk, ayudando a implantar la derivación new wave -misma actitud, formas musicales más suaves- y convirtiéndose en uno de los compositores/ letristas/Dylans emblemáticos de aquellos años. Con su talento superó la selección de 1979. Unas cuantas reválidas más le han permitido sobrevivir discográficamente hasta 1996. Veinte años, todo un mérito.

De nombre verdadero Declan Patrick Aloysius MacManus, Elvis aprovecha el fragor de las independientes en 1977 para firmar a sus 23 años con Stiff, una de las más bulliciosas. Se convierte, junto a su amigo Nick Lowe -con quien comparte debilidades confesables por el country-, en el caballo de batalla de Jake Riviera cuando éste disuelve su sociedad de Stiff y forma Radar Records. Antes debutará con Stiff en sencillo -«Less than zero»/«Radio sweetheart», marzo de 1977- y a 33 rpm -«My Aim Is True», julio de 1977-, a los que hay que añadir tres singles más antes del cambio contractual: «Allison», «Red shoes» y «Watching the detectives».

El secreto de «My Aim Is True», además de las grandes canciones mencionadas, está en capturar la esencia del momento en la que los talentos empiezan a ser valorados a través de códigos distintos. Virtuosismo en desfase, ahora prima la modestia -casi 15 años antes de escuchar la etiqueta lo-fi- y la militancia. Costello destapa la olla de los sentimientos que traspasan la temática imperante en las radio fórmulas, escupiendo un brebaje compuesto -a partes iguales- por amargura, cinismo y riqueza linguistica. Lo hace además con rabia verbal desaforada. «My Aim Is True» se considera único por el acompañamiento de músicos americanos -alquilados para la ocasión- pertenecientes al grupo Clover. Tras él se forja una sociedad de ocho años ininterrumpidos entre Elvis (voz, guitarra), Pete Thomas (batería), Bruce Thomas (bajo) y Steve Nieve (teclados), alias The Attractions.

Debutaron en Radar de forma magistral con el álbum -persoalmente el más recomendable- «This Year's Model», una panorámica de las miserias que conlleva el concepto de vigencia -las modas, la anulación de los singular- en occidente. Sus acompañantes tal vez no puedan competir con Clover -profesionalmente- desde la perspectiva del rhythm & blues, pero vibran en su propia urgencia. Las canciones se suceden implacables, parcas en minutaje y de intensidad abrasiva, fulminantes aunque limpias (producidas por Nick Lowe, también en boca de todos gracias a su «Jesus Of Cool»), e increíblemente imaginativas vistas las limitaciones de algunos instrumentistas. Pete batea con recursos inesperados, mientras el organillo farandulero de Nieve rebosa personalidad. Las cinco mil primeras copias del sencillo «(I don't want to go to) Chelsea» llevan otro de regalo, con «Stranger in the house» y una versión en directo de «Neat neat neat». Singles de 1978 no incluidos en el LP fueron «Radio radio» y «(What's so funny about) Peace love and understanding» -de Lowe-, además de artefactos para coleccionistas como el single que regaló en algunos conciertos londinenses (con «Talking in the dark»).


Apenas digerido el éxito, elvis vuelve a atacar en enero de 1979. En «Armed Forces» doulina el vocabulario bélico, con' canciones más trabajadas en los arreglos aunque menos trepidantes, dejando espacio de penetración para la veta pop de Lowe. El piano épico de Nieve en «Oliver's army» es el vehículo idóneo para que la voz de Elvis vuele sobre la melodía; un músico polifacético que comienza a ser clave en el éxito de Attractions. «Armed Forces» al fin y al cabo no es tan apisonadora como todo terreno, abarcando desde un vals («Sunday's best») hasta R&B (la última fase del álbum, algo así como la llave maestra para acceder al trabajo siguiente).

En «Get Happy!!» (enero de 1980), destacan los influjos de la gira por Norteamérica. Sin ser un disco específicamente negro, refleja la fijación que los británicos tienen -legítima por cierto- con la parte más dulce del soul y el R&B. Una excursión maratoniana de veinte canciones inolvidables tanto por su fuerza melódica (segunda cara) como por su alegría rítmica («Love for tender» juega con el riff clásico de la Motown, «I can't stand up for falling down» hace botar como el mejor northern soul, y el single «High fidelity» lleva en el reverso una gran versión del «Getting mighty crowded» de Van McCoy). El resto de 1980 se salda con una canción a duo en el álbum «My Very Special Guest» de George Jones («Stranger in the house»), la aparición de un recopilatorio indispensable (todo lo no incluido en LPs previos: «Ten Bloody Marys & Ten How's Your Fathers»), las negociaciones de Radar con WEA que desembocan en el nuevo sello F-Beat, y una nueva entrada en estudio. Como anticipo de la entrega siguiente, en navidades aparece la canción «Clubland».

«Trust» (enero de 1981), desde la portada, contribuye a encauzar la imagen pública de Costello a vertientes más calmadas y pulidas, con los Attractions casi al ralentí. A destacar la belleza turbadora de «Watch your step» y un «Shot with his own gun» interpretando solo por voz y piano. Incluye la colaboración vocal de Glenn Tilbrook, pilar de Squeeze, que se ampliará en la coproducción de Costello del «East Side Story» de éstos (uno de los mejores y menos valorados discos de siempre) junto a Dave Edmunds (conectado a Costello vía Nick Lowe e intérprete, con éxito en listas incluido, de su «Girls talk»). ¿Tú también percibiste, en la suavización de formas, un acercamiento al country? Pues bien, nuestro heroe gañido se destapa en otoño de 1981 con una colección de versiones de clásicos de dicho género -se fueron a Nashville y reclutaron al productor Billy Sherrill- titulada «Almost Blue». No se trata de recrear según patrones ortodoxos -su voz es lo primero que desentonaría- sino más bien de. capturar el feeling y, de paso, propagar algunos de los nombres injustamente olvidados como Patsy Cline -¿quién la conocía antes de este disco?- o Gram Parsons. ¡Por fin uno de sus sueños de fan cumplidos! El otro cerebro compositor de Squeeze, Chris Difford, aparece en los créditos de «Imperial Bedroom» -julio de 1982-, el disco de Costello emocionalmente más complejo hasta la fecha, entre aires épicos -«Man out of time» mismo- y arreglos -¡ ¡orquesta !!- impensables tres años antes. Lowe es sustituido en la producción por Geoff Emerick.

Para «Punch The Clock» (agosto de 1983), la preponderancia de los Attractions se ve mermada por la dirección cristalina del tandem productor Clive Langer/Alan Winstanley, ahora acompañados por una sección de viento (TKO Horns) y músicos de procedencias dispares (Caron Wheeler, Chet Baker, David Bedford). Además del hit «Everyday I write the book», el disco se recuerda por la inclusión de su «Shipbuilding» (que popularizó Robert Wyatt) con Chet a la trompeta, y de «Pills and soap». Justo lo que le falta a su sucesor «Goodbye Cruel World» (julio de 1984). A pesar del esmero en el aspecto musical, de las colaboraciones fastuosas y de la siempre loable pericia lírica, suena a acomodado y muy lejos de los arrebatos de antaño. La nueva ola ha envejecido.

¿Cómo resolverlo? Mientras sopesa la posibilidad de un despido drástico de los Attractions, Elvis graba y actúa junto a T-Bone Burnett (Coward Brothers). Vista su satisfacción con los resultados primerizos -single «The people's limousine»-, opta por relegar a su antigua banda a un par de canciones y basar la mayor parte del álbum en un colectivo de músicos a sueldo del entorno de Burnett -James Burton, Ron Tutt, Jerry Scheff, Mitchell Froom, etc.- a los que bautiza como The Confederates. El mejunje resultante («King Of America») viene firmado por The Costello Show y el único extracto a 45rpm es su interpretación desangelada de «Don't let me be misunderstood». Por supuesto, apenas quedan rastros de pop británico entre la irrupción -mesurada, eso sí- de dobros, acordeones y demás cachivaches tan apreciados por el productor T-Bone Burnett. Un antiamericano utilizando formato roots: polémica servida.

¿Alcohólico? ¿Acabado? En un agilísimo intento de remediar la situación -siete meses-, Elvis vuelve con los Attractions en septiembre de 1986 para el álbum «Blood And Chocolate». Desechados los americanismos precedentes, reinstaura la densidad característica de su banda en la década anterior, el timón de Lowe, y su bilis más virulenta en los textos. «Blood And Chocolate» le da vueltas mil a la temática de los celos: el pobre desgraciado que se hunde, el que lucha, el que comprende, el que se plantea el crimen pasional, etc. Lo hace en tono agridulce, sin resquicios de ternura. Es una aspereza que también se desplaza a lo musical. Solo en contadas ocasiones -«Next time round», «Honey are you straight or are you blind»- recurre a los efluvios melódicos de los 60 en vez del punzón árido - «Uncomplicated», «I want you»- del blues. Sobresale «Tokyo storm warning» -compuesta junto a su nueva media naranja, Cait O'Riordan, de los Pogues-, postal desengañada de aquellos días -Ku Klux Klan, Malvinas, incluso menciona Barcelona- aunque sin la chispa comercial preceptiva para arrasar en listas. Como guinda a su visión .de un mundo repleto de seres -los humanos- insistiendo en su destrucción, presenta los créditos en esperanto: para la ocasión -ya no es ni Costello ni MacManus ni Imposter ni Coward Brother ni Little Hand Of Concrete- se hace llamar Napoleon Dynamite. Y se grabó en los Olympic Studios, donde Rolling Stones parieron «The last time».

Elvis apoya la intensa actividad discográfica de 1986 con una gira larga -el Spinning Songbook Tour: por ejemplo, tres noches en el Royal Albert Hall con Confederates y otras tres con Atractions, para un repaso exhaustivo de su carrera- que culmina con la apoteósica actuación en el festival de Glastonbury de 1987. A partir de entonces, y durante año y medio, colaboraciones puntuales: en «Straight To Hell» de Alex Cox, otra con Roy Orbison, siete canciones para la banda sonora de «The Courier» -con aparición de Cait-, la recopilación «Out Of Our Idiot», la versión de «Many rivers to cross» para el benéfico «Live For Ireland», etc.

Su retorno a la palestra en febrero de 1989 se recibe con gran expetación. Jamás se había demorado tanto. «Spike (The Beloved Entertainer)» viene presentado de modo suntuoso por Warner. El lujo llega a los créditos y a la música: Roger McGuinn -Elvis le compondría «All bowed down»-, Paul McCartney -coautor de dos temas-, Benmont Tench, T-Bone, Allen Toussaint -grandísimo piano en el sureño «Deep dark truthful mirror»-, Froom, Chrissie Hynde, Pete Thomas -y solo en una canción-, gente de Tom Waits -Michael Blair y Marc Ribot-, y los nuevos. colegas que va conociendo a medida que empieza a mudarse a Dublin, como Steve Wickham, Davy Spillane o Christy Moore. Se graba en Londres, Nueva Orleans, California y Dublin.

“NO SERÁS NADIE EN ESTE PUEBLO HASTA QUE TODOS PIENSEN que eres un bastado”. Es el mensaje del tema que abre el álbum, “...This Town...”; queda claro pues que Elvis sigue en perfecta forma y con las municiones intactas. Puede utilizar la compasión, la poesía, la burla o la rabia, sin aflojar el nivel cualitativo. Puede incluso pillar una melodía – “Stalin Malone”-, intentar encajarle un poema y, al no quedar satisfecho, publicarla como un instrumental (dejando el texto en los créditos). “Satellite” reflexiona sobre los adult channels y la manipulación de las grandes corporaciones propietarias de las medios audiovisuales. “Miss Macbeth” es la típica anciana vista como una bruja para los niños del barrio. “Any king’s shilling” repasa la difícil convivencia con una Irlanda del Norte dividida con talante similar al de “Shipbuilding”. “God’s cosmic”- “la única canción que he compuesto al norte del círculo polar ártico”- fue escrita en una visita a Groenlandia; tal vez debido a esto – la nieve, lo celestial – trabaja la idea de un todopoderoso atento a lo que pasa aquí abajo – genial su enfado por mantener vivos en su reino a compositores mediocres como Andrew Lloyd-Webber –y del enojoso transito tras la muerte. Y, finalmente, “Tramp the dirt down”, las más comprometida del lote, dedicada a Margaret Thatcher en el mismo tono que Dylan escupía “Masters of war”: “Cuando Inglaterra era la puta del mundo, Margaret era su madame…/ … intenta decirle esto al padre desesperado que exprimió la vida de su único hijo, y cómo son solo voces en tu cabeza y sueños que nunca sonaste/ intenta decirle la sutil diferencia entre justicia y desprecio…/…quien se lleva la gloria y ninguna vergüenza…/ … cuando el final te entierren, estaré sobre tu tumba para empujar fuertemente la mierda abajo”.

Dos años después, en primavera de 1991, con “Mighty Like A Rose”, nos llega su nueva remesa a través de Warner. El ahora bardo barbudo se niega a hablar, tras algunas críticas adversas, con la prensa británica: elogios al pop natural de “The other side of summer” aparte, se le reprochan inclinaciones a las fórmulas beatles más mediocres - Paul vuelve a participar en dos composiciones, “Playboy to a man” y “So like candy”, curisoamente menos de un tipo que otras-, recurre a las baladas tópicas en estructura - “All growing up”, y los arreglos - las cuerdas de esta últimasuenan convencionales. Contenido y continente funcionan cuando encuentra un tema interesante y lo adorna con mimbres novedosos, como en el caso de “Harpie’s bizarre”. Una participación en el tributo a Charles Mingus - cosa del Hall Willner-, junto a su donación de composiciones al cantante tejano de blues de los 50 Charles Brown, o su dueto con Mary Coughland en “Mischievous ghost”, tampoco evitan que se le encassile en el cajón de los adultos (más como sinónimo de aburrido que de experimentado). Aquel verano gira con los Rude Five, léase Pete Thomas, Jerry Schaff y Marc Ribot, mientras se publica su colaboracion orquestada con Richard Harvey en la música de la serie televisiva “GBH”.

¿Partió de “GBH” la idea de un álbum de música clásica? Música para cuarteto de cuerda y voz: así se subtitula “The Juliet Letters” (enero de 1993), interpretado junto a The Brodsky Quartet. En otras manos el concepto se desestimaría por falta de rigor, pero imaginado lo que Costello puede expresar si su voz llega nítida y su buen gusto intacto, tenía aliciente. “Las Cartas De Julieta” se refieren a la Julieta Capuleto de Shakespeare y a misivas que recibía un profesor de Verona dirigidas a ella. Cada texto tiene formato de correspondencia, con un abanico temático que va de lo puramente emocional a las más palpitante actualidad: cartas de amor, desesperanza, suicidio, chantaje, amenazando, nostálgicas (el tono sepia amargo de “The letter home”), políticas (“This sad burlesque” sobre la derecha. “I thought I’d write to Juliet” sobre la guerra de Golfo), divertidas (“Damnation’s cellar”), etc.


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Ruta 66, No. 116, April 1996


David S. Mordoh profiles Elvis Costello.

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